Vuelve Puerco. En esta claustrofóbica y rapidísima secuencia la trama se pone de su lado invitándonos a una demostración de los poderes de esta criatura, en esta ocasión, midiéndose sobre Héctor.
Apenas tiene tiempo para llegar a la hora de la entrega en la sala de fiestas donde Puerco realizará su número esta noche. Corre. Sabe donde está el local, pero no conoce muy a fondo esa zona de la ciudad. Corre, girando intuitivamente a derecha o izquierda, esperando de esa acelerada geografía mental llegar lo más rápidamente posible. Se desorienta en un dédalo de abigarrados callejones, pero no deja de correr, rectificando sobre la marcha, sin volver jamás atrás. Corre por otro callejón, dobla otra esquina, otro callejón, otra esquina, corre. Corre hasta topar con el reflejo opaco de unas gafas de sol. Puerco sonríe. Héctor se detiene a seis metros de él. A espaldas de Puerco unos hombres acaban de descargar una furgoneta negra. Héctor contempla la escena. La sonrisa de Puerco demuestra que estaba esperándole. Héctor busca bajo la chaqueta y estira el brazo empuñando un revólver. Puerco sonríe enarcando una ceja y agita levemente su mano derecha. El chasquido de un látigo eléctrico rasga el espacio entre los dos hombres. Héctor grita mientras siente una descarga extendiéndose desde su codo por todo el cuerpo, un dolor que avanza sináptico hasta llegar a toda terminación nerviosa. Se derrumba. Puerco permanece inmóvil observando los efectos de su arma. Sonríe satisfecho mientras contempla como en el cuerpo desmoronado junto a la pared, se van disipando los efectos de la descarga. Héctor gime en el suelo observando a su rival mientras se recupera lentamente, como despertando de una atroz pesadilla. Su brazo derecho está completamente paralizado hasta el hombro, totalmente insensible. Mira su revólver caído a pocos metros de él. Mira a Puerco. Mira de nuevo el revólver iniciando un débil movimiento. Mira a Puerco quien sin dejar de sonreír eleva su dedo índice y le hace un gesto negativo. Héctor se apoya contra la pared mirando a Puerco. Éste hace restallar el látigo en el aire del callejón. Héctor cierra los ojos pero nada le ocurre. Oye como las puertas de la furgoneta se abren. Vuelve a mirar y puede contemplar a dos mujeres que descienden lentamente del vehículo, la morena es la agente de aduanas secuestrada por Puerco, la rubia supone acertadamente que es la bailarina. Las dos mujeres están comprimidas en brillantes trajes de látex desde el cuello hasta los pies calzados con zapatos de tacón desmesurado. El traje de la morena es rojo, el de la rubia negro. Las dos mujeres avanzan acercándose a Héctor, rodeándole, la bailarina acercándose a su brazo paralizado, la agente, pasando frente a él, se colocará al lado izquierdo. Héctor contempla las sinuosas formas del cuerpo de la morena hasta que el destello aterrador de las uñas de la mujer le paralizan. Mira enloquecidamente a un lado y a otro comprobando que las manos de las mujeres terminan en afiladas prótesis metálicas. La rubia deja que sus cuchillas chirríen contra la pared mientras avanza. Héctor quiere huir pero su cuerpo está embotado de dolor. En su espanto juraría que las mujeres ronronean mientras cierran el cerco. El primer zarpazo arranca un botón de su chaqueta. Héctor se acurruca intentando protegerse, pero no sirve de nada. Pronto su ropa está completamente deshilachada y su cuerpo cubierto de leves arañazos. Las mujeres son cuidadosas. No pretenden herirle de momento. Desgarran con precisión la ropa del hombre hasta dejarle completamente desnudo. Héctor intenta protegerse como puede, pero siente una de las cuchillas bajo su barbilla obligándole a estirarse en el suelo. La morena se arrodilla sobre sus hombros. Héctor intenta morderla el sexo, pero sus dientes resbalan en la bruñida superficie. La mujer desliza una de las cuchillas por la mejilla de Héctor, una acerada caricia que se dirige hacia su ojo. Héctor no intenta luchar. Siente las cuchillas de la rubia resbalando por su pecho, deteniéndose en los pezones, rodeándolos con el frío metal de sus uñas mortíferas. Descienden por su vientre dejando ligeros rastros de sangre. El hombre sabe cual será el final de aquel recorrido y se estremece aterrorizado. Las uñas llegan a su pene, rodean su base y rozan sus testículos, sopesando la presión necesaria para rasgarlos. Héctor siente una de las cuchillas recorriendo su perineo, llegando hasta su ano, circunvalarlo suavemente, una, dos, tres veces. De pronto siente con absoluta convicción que aquellas mujeres no van a dañarle, que su temor es infundado. Y junto a la certeza irracional una oleada de placer le recorre. Su miembro empieza a erguirse. La rubia ronronea, la morena se gira contemplando su naciente erección y se abalanza sobre su pene, la rubia la empuja, la morena le enseña las uñas, la rubia se pone a la defensiva y el látigo vuelve a rasgar el silencio de la noche. Las mujeres se retiran. Puerco sin dejar de sonreír se acerca a Héctor. -Dime, Ejecutor. ¿No has percibido estos días que cosas extrañas suceden a tu alrededor? ¿No has notado en ocasiones cómo si tu voluntad flaquease, cómo si actuases movido por anormales motivaciones? ¿Has tenido sensaciones curiosas, visiones casi reales? Se llama control mental. Ya has visto a mis dos colaboradoras, ni siquiera tengo que abrir la boca para ordenarles que deben hacer. Me pierde lo teatral. El chasquido del látigo, las máscaras. En fin, todos tenemos nuestras debilidades. ¿Quieres otra demostración? Coge el revólver y lo deja sobre el pecho de Héctor. - Vamos, dispárame. Es la orden que tienes implantada. ¿Sufres? ¿No puedes hacerlo? Vamos, inténtalo de nuevo. Dispara. ¿Lo entiendes? Control mental. ¿Quieres saber más? Busca a Sonja. Si consigues superar la prueba a la que te someterá empezarás a entender. Tengo que dejarte. Tus amigas vienen a buscarte. Mejor suerte la próxima vez.
Sí, bueno, ¿tú no has hecho obras nunca en casa? Muchas veces encontrarás que los albañiles se lo han dejado todo manga por hombro, que han fumado encima del pollo de hornilla y lo han puesto como una ídem, que han puesto la cenefa del azulejo donde les ha salido del culo, con perdón, que te colocan las puertas al revés (es decir, que abren al contrario), que no sé, que la pieza de la ducha no es del mismo mármol que la encimera, pero que da igual porque como ya está pegada...
.. pues a lo que iba, cuando por casualidad una se arma de valor y les replica, "por el amor de Dios, ¿serían tan amables de preguntar primero?" ellos siempre responden lo que te voy a decir yo ahora (que además contesta a tu afirmación):
Esta mañana le he robado a mi mujer la caja de guantes de látex que guardaba en el segundo cajón de la cocina, y cuento puercos, en vez de ovejitas, para intentar conciliar el sueño.
Jajaja, l´enfant, que me estoy imaginando una imagen llena de guantes convertidas en crestas de gallo enganchadas en el AHÍ (bueno, en el ELLO), y tú caminando haciendo aspavientos, aylamobile, aylamobile, que jo.
Es que el sexo masculino y los gallos van de la mano. Bueno, no literalmente.
Ay, si es que ya no tienes el cuerpo para salir de copas, Glup, que como dicen en Murcia: estás muy gordico ya para estas cosas.
Mírame a mí, que he pasado la mañana en el campo, sangría va, sangría viene, que he tomado más vasos que pelos tengo en la cabeza, y ha sido llegar a casa (limpita, con las persianitas entornadas, en silencio) y la siesta que me he metido entre pecho y espalda ha sido de infarto.
Ahora una duchita, un cambio de forro y hala, otra vez a la calle. Venga, venga, que te espero, nos vamos a quemarlo todo.